jueves, 23 de marzo de 2023

Un Gato

"La vida está llena de oportunidades" "Tienes que aprovecharla" "El dinero no da la felicidad, pero te permite ser alguien y cumplir tus sueños"
Todo eso era lo último que me había dicho mi madre, a la que me había visto obligada a dejar en la ciudad para mudarme a una playa tropical en una isla de Barbados.
Mi puerta a la carrera de medicina se había cerrado temporalmente por falta de fondos y el ataque de las facturas, pero una ventana se había abierto: mi abuela me había dejado en su testamento un chiringuito.
Esa ventana me permitiría dar un rodeo para abrir mi puerta, es decir, podría conseguir los fondos que necesitaba para ir a la universidad. En cuanto a mi abuela... No recordaba haberla visto. Ni siquiera era consciente de que tuviese una. Entenderéis entonces mi falta de tristeza.
La explicación para mi desconocimiento de los hechos es simple: mi padre nos abandonó > mi madre pidió ayuda a mi familia paterna para criarme > la ignoraron > les ignoramos > mi abuela muere > yo tengo un chiringuito.

Me bajé del ferry que me había traído hasta la isla y lo primero que hice fue descalzarme para dejar pasar entre mis dedos esa arena blanca y fina. Respiré hondo aspirando la brisa marina, observando las palmeras, ese tono azul tan único en el cielo... Todo era diferente, era precioso y sospeché que había empezado a amar mi ventana.
Soló había algo que parecía desentonar con la isla: el monstruoso hotel que ocupaba casi la primera línea de playa. Parecía que lo habían dejado caer por aquí como un bloque de ladrillos, ese rascacielos hacía daño a la vista entre aquella belleza natural, el Hotel Swart *****. ¿No podían haberse conformado con un hotel menos ostentoso y con menos estrellas?
Y entonces me fijé en el chiringuito que había junto al hotel, desvencijado, en el que se podía leer con cierta dificultad BLUE.
"Allison Daniels, tu ventana acababa de perder todo su esplendor". El chiringuito necesitaba urgentemente una restauración, y dado que no tenía apenas dinero, era un problema. Recé para que la planta de arriba tuviera mejor aspecto por dentro, ya que iba a ser mi casa temporalmente, hasta que consiguiera los fondos para la universidad.
Entré y... me sorprendí al ver un chiringuito perfectamente limpio, el suelo prácticamente relucía, y no había ni una mísera mota de polvo, ni en la barra, ni el las sillas, ni entre las botellas.
Subí a la planta de arriba y descubrí un par de habitaciones pequeñas y un baño igualmente pequeño. Aquello si que era aprovechar el espacio, además, estaba igual de limpio que la planta de abajo.
Evidentemente alguien se había pasado por aquí a limpiar un poco. ¿Tal vez alguien que la apreciaba?
Me senté en la cama de una habitación, lo único que parecía un poco revuelto, y esta emitió un sonido de queja.
-¡Ay!
Las camas no emiten sonidos de queja. ¡Las camas no hablan!
Levanté las mantas y descubrí a un chico desgarbado, de piel extremadamente tostada, con los ojos oscuros soñolientos y su pelo corto y castaño revuelto. Mientras se frotaba los ojos me percaté de que tenía unas pestañas larguísimas y unos labios finos. Por primera vez en mi vida, podía decir que había un chico en mi cama, aunque éste parecía un gato, dado que sólo le faltaban las rayas atigradas.
Un momento. Hay. Un. Chico. En. Mi. Cama. ¡EN ROPA INTERIOR!
Grité con toda la fuerza de mis pulmones. Eso pareció despertar del todo al chico, que hasta entonces había estado ignorándome, ya que se abalanzó sobre mí tirándome al suelo y cubriéndome la boca con una mano.
-¡No grites!- entonces me fijé en sus ojos. Tenían el mismo color que el tronco de las palmeras, incluso podías distinguir en ellos destellos verdes que podrían corresponderse con las hojas.-Debes de ser Allie, la nieta de Meredith-yo asentí y el retiró su mano de mis labios, pero no se apartó.
Nos observamos en silencio durante unos segundos, cada uno esperando que el otro dijera algo.
-¿Qué haces aquí?-le pregunté tras armarme de valor.
Él sonrió sin enseñar sus dientes y se separó de mí, sentándose en el suelo y apoyando su espalda en la cama.
-Soy Ethan White, y vivo aquí.-a él no parecía importarle estar en ropa interior delante de mí, así que ignoré ese hecho y traté de convencerme a mí misma de que no era más que un bañador.
-¿Cómo que vives aquí?-le increpé algo nerviosa.
-Ayudo en el chiringuito y Meredith me dejaba vivir aquí. Soy el encargado.-desvió la vista y contestó sin mirarme. Los rayos del sol que entraban por la ventana le daban directamente a su cabello. Cerró los ojos mientras parecía disfrutarlo.
-¿Y tus padres? ¿No vas al instituto?-parecía bastante menor que yo, que tengo 22. No entendía cómo podía estar delante de una chica así.
-Tengo 19-bufó molesto- No tengo padres-agregó después como si no tuviera importancia.
Algo en cómo dijo diecinueve me llamó la atención, así que insistí.
-¿No vas al instituto?
-¡Sí! ¡Sí voy al instituto! ¡Repetí! ¿Me vas a dejar seguir viviendo aquí o no?- abrió los ojos y fijó su vista en mí. Parecía haberse acabado mi turno para las preguntas.
¿Le iba a dejar que se quedara? ¿Tenía algún sitio donde ir? Parecía obvio que no...
Suspiré.
-¿Has limpiado tú el chiringuito?
-Quería causarte una buena impresión-admitió.
Se formó un nudo en mi garganta, intentando encontrar una vía de escape.
-No puedo pagarte un sueldo.
Ethan se encogió de hombros restándole importancia.
-No importa, basta con que me des de comer y me dejes vivir aquí.
Definitivamente sonaba como un gato, sólo faltaba que le comprase una caja de arena.
Y de repente se encendió una bombilla en mi cabeza. Dado que no podía hecharlo simplemente a la calle, sólo tenía que pensar en él como un gato.
-Puedes quedarte-accedí.
-¡Gracias, Allie!-y se abalanzó sobre mí dándome un abrazo.
¡Era un gato demasiado cariñoso y en ropa interior!
-¡Para! ¡Basta!-me quejé separándome de él- ¡No me llames Allie! ¡Llámame Allison! ¡Y ponte algo de ropa!

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